En Francia, y en
el norte de España son bien conocidos en antiguas historias los llamados Meneurs
de Loups , Encantadores de Lobos, Loberos ... Estos individuos
asilvestrados, foráneos, aislados de la sociedad circundante, vivían en
el corazón de los bosques, entre lobos, a los que entendían, y que
éstos les seguían y obedecían.
Los encantadores
de lobos eran a un tiempo temidos y respetados, aun cuando pudieran
provocar rechazo por su carácter dual. El lobero/a podía, en el frío
invierno, llamar a una casa y solicitar cobijo o alimento. La familia debía
acogerle, bien por las bendiciones de protección y seguridad que éste
podía propiciar a la casa, inhibiendo el posible ataque de los lobos, o
bien por temor a que el mimo personaje diera orden a lo lobos de atacar a
la familia o a su ganado. El lobero podía también enviar a sus lobos a
sus enemigos, o a los enemigos de otros.
El oficio de
conductor de lobos, podía transmitirse de modo generacional, o de un
brujo/a a su discípulo, o del encantador de lobos a uno de los niños de
las casas que visitaba; en ocasiones el legado tenía un matiz de maldición,
o, cuanto menos, de un oscuro don.
La obra Marie
La Loba (llevada a la televisión en 1991, de la mano de Daniel
Wronecki), de Claude Seignolle, relata la historia de una niña que
hereda el don de un lobero al que su familia se ve en obligación de
atender, y las desgracias que la incapacidad de dirigir este don le
conlleva. Señalemos que, si bien se trata de una recreación literaria de
Seignolle, la historia fue contada al escritor por aquella que en su
juventud fuera la protagonista del relato.
Incluso la oración
al Padre Nuestro del Lobo (de origen supuestamente medieval), cuya
función era la protección contra los mismos, o ganarse al Padre Lobo;
sólo podía ser recitada por un brujo/a, o alguien que tuviera relación
con el diablo. Por ello en alguna ocasión los loberos se verían
acosados por la Inquisición, y condenados por ella.
En ocasiones, se
cuenta que el lobero debía seguir un largo proceso de identificación
con los lobos, que vestía sus pieles, y deambulaba siguiéndolos, hasta
que era aceptado en la manada. Incluso al convertirse en su líder,
llegaba a darles la mayor parte del alimento que los aldeanos le cedían a
cambio de su mediación con los lobos. En otras versiones, el encantador
de lobos se ayuda de un instrumento musical para hechizar a las criaturas.
Esta imagen del
lobero, en ocasiones amalgamada bajo el aspecto de una figura mítica como
el Pare Llop (Padre Lobo), responde al reflejo de personas reales,
pues se trataba de un oficio consolidado, y al encantador de lobos no sólo
recurrieron a voluntad los pastores, sino también los carniceros que
dependían de igual modo del ganado .En los registros históricos se
documenta la existencia de estos hombres y mujeres, con sus nombres ,
apellidos, (o sus apodos) y localizaciones.
Algunos
estudiosos no han dudado en matizar este cariz mítico, y en ocasiones se
ha llegado a hablar de ellos como de farsantes cuya manada de lobos no sería
sino una banda de hombres amenazadores.
Sin embargo, otros apuntan a la
posibilidad de que estas personas, aún sin recurrir a términos mágicos,
debían poseer un talento o sensibilidad especial hacia los lobos, viendo
un paralelismo con la figura del cineasta, y estudioso de la naturaleza, Felix Rodríguez de la
Fuente.
En un artículo
de Ecología de Europa.net, Miguel Pou, director del Proyecto Felix,
relata cómo Rodríguez de la Fuente, habiendo crecido en el ambiente
rural que fomentaba el odio hacia este animal, se apuntó a una
cacería, pero al encontrarse con la mirada del lobo acosado, su
pensamiento dio un giro completo, decidiendo dedicarse al conocimiento y
defensa de este animal. Esta defensa del lobo le comportó serios
problemas, agresiones y amenazas, que no fueron suficiente para
apartarlo del camino que había decidido tomar; llegó a ser un experto en
la especie y su principal defensor durante un par de décadas,
extendiéndose su obra en el mundo entero e influyendo a varias
generaciones
Felix adoptó en
principio una pareja de lobos, Remo y Sibila, a los que se irían
añadiendo más, hasta convertirse en líder de varias manadas.
"Félix
se unió con esta especie. Las madres lobas dejaban que el Amigo de los
Animales acariciara a sus recién nacidos. Esto se lo hubieran impedido
hacer a sus maridos, apartándoles con fieras dentelladas. Nos contaba
Marcelle Parmentier, viuda del doctor Rodríguez de la Fuente, que Sibila
se enamoró de Félix: "Le cortejaba con un erotismo que ya quisieran
para sí muchas mujeres". En una finca inmensa, los lobos perseguían
veloces ciervos y fuertes jabalís y, cuando llegaba el líder de la
manada, se apartaban respetuosamente para cederle la presa y que él
comiera."
Antoni Garcia
Llorca, en su novela "La mala bèstia" ,
recoge ambos aspectos, el más realista y el más mágico, narrando en bellas palabras, a través de uno de sus personajes, el aprendizaje y la
función del lobero mítico del Pirineo, acercándolo a la figura del licántropo,
del hombre efectivamente transformado en lobo:
"Para
ser lobero, hijo de mi corazón, es necesario haber sufrido hambre, frío
y miseria. Es necesario estar acostumbrado al sufrimiento del cuerpo y el
alma También es necesario odiar al lobo, pero al mismo tiempo admirarlo,
porque es el ser más fuerte de la creación. Y es necesario amar al
hombre, pero al mismo tiempo menospreciarlo, porque es el más débil. Así,
los lazos de odio y amor con las dos razas nunca serán lo suficiente
fuertes, y el lobero podrá ser hombre o lobo, según le convenga, hijo de
mi corazón. (...)
En una hora mágica,
en un lugar mágico, recitarás la canción mágica. La hora es la media
noche de San Juan, cuando el sol y la luna, la tierra y el aire, el agua y
el fuego, la carne y el espíritu se abrazan. El lugar es un estanque sin
fondo, la puerta entre el cielo y el infierno. La canción es un secreto
que el maestro transmite al discípulo, hijo de mi corazón.
Cuando te
sumerges en el estanque, debes estar decidido a renunciar a tu condición
humana, porque cuando pises la otra orilla serás lobo. Lucharás porque
te adopte una manada. Lucharás con garras y colmillos para convertirte en
su rey. Y durante siete años, siete, aprenderás sus costumbres y
lenguaje, compartirás sus alegrías y los miedos, hijo de mi corazón.
Y si el
hambre, la enfermedad o el cazador no te matan antes, la séptima media
noche de San Juan cruzarás de nuevo el estanque para renacer entre los
hombres. Pero una parte de tu corazón siempre pertenecerá al lobo. Así
amarás igual ambas razas y cuidarás que la una no dañe a la otra, hijo
de mi corazón.
Acudirás allí
dónde los hombres se sientan amenazados y les dirás "Matar a un
lobo no os servirá de nada, porque tras él vendrán sus hermanos y
hermanas. Dadme un carnero bien cebado y lo que buenamente queráis como
paga. Yo usaré el carnero para negociar con la manada, y veréis que no
os vuelve a molestar en mucho tiempo." Esta es la vida del lobero. Se
transforma continuamente, de hombre a lobo y de lobo a hombre, con el fin
de conciliar ambas razas. No es una vida fácil, hijo de mi corazón."