Por
George MacDonald (1871). Traducción de Darío Lavia.
Una oscura tarde de primavera, un
joven estudiante inglés, que había estado viajando por esos alejados
fragmentos de Escocia denominados las Orcadas y las Shetland, se
encontró en una pequeña isla de las últimamente nombradas, atrapado
por una tormenta de viento y un fuerte granizo, que irrumpió de
improviso. Fue en vano buscar cualquier refugio, ya que no solo que la
borrasca había oscurecido por completo el paisaje, sino que tampoco
había más que musgo desértico a su alrededor.
Al final, sin embargo, luego de mucho
caminar, se encontró al borde de un acantilado, y vio sobre la cima,
tan solo a unos pies de donde se encontraba, una saliente de rocas, que
podrían servirle de refugio apropiado. Trepó por sí mismo y al llegar
al lugar, se dio cuenta que el piso crujía a cada uno de sus pasos.
Entonces se percató que estaba pisando sobre los huesos de muchos
animales pequeños, que estaban esparcidos frente a una pequeña caverna
que le ofrecían el refugio buscado. Se sentó sobre una piedra y, a
medidad que la tempestad decrecía en violencia, la oscuridad iba en
aumento y él se sentía cada vez más incómodo, ya que no le gustaba
nada la idea de pasar toda la noche en tal lugar. Se había separado de
sus compañeros desde el lado opuesto de la isla y su incomodidad se
veía acrecentada por un sentimiento de aprensión. Al final, cuando se
calmó por completo la tormenta, escuchó el ruido de una pisada, suave
y furtiva como la de un animal salvaje, bajo los huesos de la entrada de
la cueva. Se paró, como presa de algún temor, a pesar del pensamiento
de que no había animales peligrosos en aquella isla. Antes que tuviera
tiempo de pensarlo, el rostro de una mujer apareció por la entrada. No
podía verla bien, ya que estaba en una parte oscura de la cueva.
- ¿Me podría decir como encontrar el
camino a través del páramo hasta Shielness? - preguntó.
- No lo podrá encontrar esta noche -
respondió en un tono dulce, y con una sonrisa hechizante que reveló
unos dientes de lo más blancos.
- ¿Por que no puedo?
- Mi madre le dará refugio esta
noche, pero es todo lo que le puede ofrecer.
- Y es más de lo que esperaba hace un
minuto atrás, - replicó él. - Estoy más que agradecido.
Ella se dio vuelta en silencio y
abandonó la caverna, y el joven la siguió.
Estaba descalza, y sus bellos pies
marchaban de manera felina sobre las piedras. Ella le mostró el camino
a través de una senda rocosa hacia la costa. Sus vestimentas eran
escasas y estaban raídas, y su cabello se enmarañaba con el viento.
Parecía tener unos veinte o veinticinco años y era ágil y pequeña.
Mientras caminaba, sus largos dedos estaban ocupados en jalar y aferrar
nerviosamente sus faldas. Su rostro era muy gris y bastante consumido,
pero delicadamente formado, y con piel muy tersa. Sus delgadas fosas
nasales estaban trémulas como párpados, y los labios, de curvas
inmaculadas, no daban signos de poseer sangre en sus interiores. Como
eran sus ojos, él no podía apreciar, ya que ella no levantaba nunca
las delicadas películas de sus párpados.
Llegaron al pie del acantilado, donde
se levantaba una pequeña cabaña, que utilizaba una cavidad natural en
la roca. El humo se esparcía por sobre la faz de la roca, y un
agradable aroma a comida esperanzaba al hambriento estudiante. Su guía
abrió la puerta de la cabaña y él la siguió al interior, y vio a una
mujer encimada sobre la chimenea. Sobre el fuego había una parrilla con
un largo pescado. La hija habló unas palabras, y la madre se dio la
vuelta y recibió al extraño. Ella era muy vieja y su rostro estaba muy
arrugado, parecía estar afligida. Desempolvó la única silla en la
casa y la ubicó junto al fuego ofreciéndola al joven, quien se sentó
mirando hacia una ventana, a través de la cual se vio una pequeña
parcela de arenas, más allá de las cuales las olas rompían
lánguidamente. Bajo esta ventana había un banco, sobre el que la hija
se sentó en inusual postura, dejando descansar su barbilla sobre su
mano. Un momento después, el joven pudo por primera vez notar el
aspecto de sus ojos azules. Le estaban mirando fijo con un extraño
aspecto de avidez, casi de deseo ardiente pero, como si cayera en cuenta
de que la mirada la traicionaba, ella quitó la vista inmediatamente. En
el momento en que ella disimuló su mirada, su rostro, no obstante su
palidez, era casi hermoso.
Cuando la comida estuvo lista, la
vieja pasó un paño por la mesa, y la cubrió con una pieza de fina
mantelería. Luego sirvió el pescado en una fuente de madera, e invitó
al joven a servirse. Viendo que no había otras provisiones, sacó de su
bolsillo un cuchillo de cacería, y sacó una porción de carne,
ofreciéndoselo a la madre en primer lugar.
- Adelante, mi cordero, - dijo la
vieja mujer; y la hija se acercó a la mesa. Pero sus fosas nasales y
boca se estremecían de manera desagradable.
Al siguiente momento ella se dio la
vuelta y salió corriendo de la cabaña.
- No le gusta el pescado, - dijo la
vieja, - y no tengo nada mejor para darle.
- No parece tener buena salud, -
replicó el joven.
La mujer solo respondió con un
suspiro, y luego comieron el pescado, acompañándolo tan solo con un
pequeño pan de centeno. Cuando terminaron, el joven escuchó el sonido
como de pisadas de perros sobre la arena cercana a la puerta, pero antes
que tuviera tiempo de mirar por la ventana, la puerta se abrió, y la
joven entró. Se veía mejor, quizás porque habíase lavado la cara. Se
arrinconó en un taburete, en la esquina opuesta al fuego. Pero cuando
se sentó, para su perplejidad y hasta su horror, el estudiante pudo ver
una gota de sangre sobre su blanca piel entre su desgarrado vestido. La
mujer sacó una jarra de whisky, y puso un calderón sobre el fuego,
tomando un lugar frente a este. Tan pronto como el agua hirvió,
procedió a hacer un ponche en un tazón de madera.
En mientras, el estudiante no podía
quitar sus ojos de la joven, hasta que al final se quedó fascinado, o
quizás cautivado por ella. Ella mantenía sus ojos durante la mayor
parte del tiempo cubiertos por sus adorables párpados, coronados con
oscuras pestañas; él continuó mirando extasiado, ya que el fulgor
rojo de la pequeña lámpara cubría en su totalidad todas las rarezas
de su complexión. Pero tan pronto como recibía cualquier mirada de
aquellos ojos, su alma se estremecía. El rostro adorable y la mirada
ardiente alternaban fascinación y repulsión.
La madre puso el tazón en sus manos.
Bebió con moderación y se lo pasó a la chica. Ella lo deslizó por
sus labios, y luego de probarlo (tan solo probarlo) lo miró a él. El
joven pensó que la bebida debería tener alguna droga que afectó su
mente. Su cabello se alisó hacia atrás, y esto provocó que su frente
se adelantara, mientras la parte inferior de su rostro se proyectó
hacia el tazón, revelando antes de beberlo, su obnubilante dentadura de
extraña prominencia. Al instante esta visión se desvaneció; ella le
regresó el recipiente a su madre, se levantó y volvió a salir de la
estancia.
Entonces la vieja mujer le mostró una
cama de brezo en una esquina al tiempo que susurraba una apología; y el
estudiante, fatigado tanto del día como de las peculiaridades de la
noche, se arrojó en el lecho, y cubrió con su capa. Cuando se acostó,
afuera, la tormenta se reinició y el viento comenzó nuevamente a
soplar a través de las grietas de la cabaña, de manera que solo luego
de cubrirse hasta la cabeza con la capa pudo verse al resguardo de tales
ráfagas. Incapaz de dormir, se quedó escuchando el estrépito de la
tempestad, que crecía en intensidad a cada minuto. Luego de un rato, se
abrió la puerta, y la joven entró, acercándose al fuego, sentándose
en la banqueta frente al mismo, en la misma extraña postura, con el
mentón apoyado sobre la mano y el codo, y la cara mirando al joven. Él
se movió un poco; ella dejó caer la cabeza y cruzó los brazos bajo su
frente. La madre había desaparecido.
Le dio sueño. Un movimiento del banco
lo despertó, y se imaginó que veía una criatura cuadrúpeda alta como
un gran perro trotando lentamente hacia afuera. Estaba seguro que
sintió una ráfaga de viento frío. Mirando fijamente a través de la
oscuridad, creyó ver los ojos de la doncella encontrando a los propios,
pero las últimas resplandescencias del fuego le revelaron claramente
que la banqueta estaba vacía. Se preguntó que pudo haber pasado para
que ella saliera en la tormenta, y luego se quedó profundamente
dormido.
En la mitad de la noche sintió un
dolor en su hombro, y se despertó súbitamente, viendo los ojos
incandescentes y la sonriente dentadura de un animal cercana a su
rostro. Las garras estaban en su hombro, y sus fauces en el acto de
buscar la garganta. Antes que pueda clavar sus colmillos, sin embargo,
agarró al animal por el cuello con una mano y sacó el cuchillo de
cacería con la otra. A continuación hubo una terrible lucha y, a pesar
de las garras, pudo encontrar y sacar el arma. Intentó apuñalar a la
bestia, pero fue infructuoso y estaba intentando asegurarse con un
segundo intento cuando, con un contorsionante esfuerzo, la criatura
zafó y retrocedió y con algo entre un aullido y un grito, escapó de
allí. Nuevamente la puerta se abrió; una vez más el viento resopló
adentro, y continuó soplando; una ráfaga de lluvia entró al piso de
la cabaña y le llegó al rostro. Se levantó del lecho y salió a la
puerta.
Afuera estaba muy oscuro, a no ser por
el destello de la blancura de las olas cuando rompían, a tan solo unas
yardas de la cabaña; el viento soplaba con fuerza, y la lluvia seguía
vertiendo agua a cántaros. Un sonido atroz, mezcla de sollozo y aullido
vino de algún lugar en la oscuridad. Se dio vuelta y se introdujo de
nuevo en la cabaña, cerrando a su paso la puerta, sin embargo no pudo
encontrar gran seguridad en esta.
La lámpara estaba casi apagada, y no
logró asegurarse si la chica estaba sobre la banqueta o no. A pesar de
tener una gran repugnancia, se acercó, y puso sus manos sobre esta,
para darse cuenta que no había nada allí. Se sentó y esperó hasta
que rompieron las primeras luces del día: ya no se atrevía a quedarse
nuevamente dormido.
Una vez que hubo amanecido, salió de
nuevo y miró alrededor. La mañana estaba un poco oscura, ventosa y
gris. El viento había menguado, pero las olas seguían rompiendo
salvajemente. Vagó durante algún tiempo por la costa, esperando a que
aumente la luz.
Al final escuchó un movimiento en la
cabaña. Más tarde la voz de la anciana llamándole desde la puerta.
- Se ha levantado muy temprano, joven.
Dudo que haya dormido bien.
- No muy bien, - respondió. - ¿pero
dónde está su hija?
- Ella no se ha despertado aún - dijo
la madre. - Me temo que tengo un pobre desayuno para usted. Pero tomará
una copita y un poco de pescado. Es todo lo que tengo.
Sin desear herirla, y dándose cuenta
que tenía un buen apetito, se sentó a la mesa. Mientras comían, la
hija llegó, pero no quiso mirarlos y se arrinconó en el lugar más
lejano de la cabaña. Cuando se acercó un poco, después de uno o dos
minutos, el joven vio que ella tenía el pelo empapado, y su rostro
estaba más pálido de lo normal. Se veía débil y tenía mal aspecto.
Cuando levantó la vista, toda su anterior fiereza habíase desvanecido,
y solo quedaba en su lugar una gran expresión de tristeza. Su cuello
estaba cubierto con un pañuelo de algodón. Ahora se mostraba mucho
más atenta por él, y ya no rehuía la mirada. Poco a poco se iba
rindiendo a la tentación de afrontar otra noche en tal lugar, cuando la
anciana habló.
- El tiempo ha mejorado ya, joven -
dijo. - Sería mejor que marchara, o sus amigos se irán sin usted.
Antes que pudiera responder, vio tal
expresión de súplica en la mirada de la chica, que vaciló confundido.
Miró de nuevo a la madre y vio un atisbo de ira en su rostro. Ella se
levantó y se acercó a su hija, con la mano elevada como para pegarle.
La joven inclinó su cabeza con un grito. En tanto el muchacho se lanzó
desde la mesa para interponerse entre ellas. Pero la madre ya la había
atrapado; el pañuelo se cayó de su cuello; y el joven pudo ver cinco
magulladuras azules en su adorable cuello, las marcas de cuatro dedos y
el pulgar de una mano izquierda. Con un grito de horror, se quiso ir de
la casa, pero cuando llegó a la puerta, se dio vuelta. Su anfitriona
estaba inmóvil en el piso, y un enorme lobo gris estaba saltando tras
él.
Ahora no había arma a mano; y si
hubiese habido, su caballerosidad innata nunca le hubiera permitido
utilizarla para dañar a una mujer, a pesar que tuviera el aspecto de un
lobo. Insintivamente, se puso firme, se inclinó hacia adelante, con los
brazos medio extendidos, y las manos curvadas, como para agarrar
nuevamente la garganta sobre la que antes había dejado tales marcas.
Pero la criatura eludió su captura, y en vez de sentir sus colmillos,
tal y como esperaba, se encontró a la chica gimiendo en su pecho, con
sus brazos alrededor del cuello. Al siguiente instante, el lobo gris
resurgió y brincó aullando hacia el risco. Recobrándose tanto como su
juventud le permitía, el muchacho le siguió, ya que esta era el único
camino para salir de ahí, y poder encontrar a sus compañeros.
De repente escuchó de nuevo el sonido
de los huesos crujiendo (no como si la criatura los estuviera devorando
sino como si hubieran sido molidos por sus dientes para desquitarse de
la furia y la desilusión); mirando a su alrededor, volvió a ver la
misma caverna en que había tomado refugio la noche anterior. Totalmente
resoluto, pasó por ahí, lenta y suavemente. Desde el interior surgió
el sonido de una mezcla de gemido y gruñido.
Habiendo alcanzado la cima, corrió a
toda velocidad durante algún tiempo antes de aventurarse a mirar a sus
espaldas. Cuando al final pudo hacerlo, vio, a lo lejos, contra el
cielo, a la chica sentada sobre la cima del acantilado, sacudiendo sus
manos. Un solitario gemido cruzó el espacio entre ellos. Ella no hizo
intento alguno por seguirlo, y él llegó a la costa opuesta algún
tiempo después, sano y salvo.
ACERCA DEL AUTOR:
George MacDonald 1824 - 1905
Predicador escocés, autor de numerosos escritos (novelas, cuentos de
hadas, poemas, ensayos y sermones). Influenciado por los románticos
ingleses y alemanes, sus escritos contribuyeron al desarrollo del
género fantástico y de la literatura infantil.
FUENTE:
http://www.cinefantastico.com/terroruniversal/ficcion/index.php
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a 1925.