
Reglas estándar vs. reglas alternativas
Parece
que demasiado a menudo se olvida la importancia de - intentar, al menos
- ver las cosas como son en lugar de como queremos, o tememos, que
sean. Posiblemente volveré sobre esto en otro post, pero hoy
tengo que centrarme en que, como tantas otras cosas, esto debe hacerse
empezando por uno mismo.
Por supuesto, a partir de lo que uno es se avanza hacia a lo que uno
tiene la voluntad de ser. Lo que no se puede es olvidar que se trata de
un proceso que requiere del conocimiento específico sobre
aquello con lo que vamos a trabajar. No tendría sentido tratar
de construir algo sobre un terreno desconocido, con materiales
igualmente desconocidos, con un diseño interesante sobre el
papel, pero que no trae las indicaciones precisas para que llegue a ser
una obra tangible. Cada terreno tiene sus peculiaridades, a las que
corresponden unos u otros materiales, diseños y técnicas
de construcción.
Esto también atañe en aquello que se refiere a las normas
propias enfrentadas a las ajenas. Cierta persona me comentaba que
"cuando uno trata de ser fiel a sí mismo, se sorprende, y
sorprende aún más a los demás". Es posible, porque
a menudo andamos embutidos en normas y leyes, a veces no escritas, que
no nos atañen, aunque se den por sentadas.
Ahora bien, si tenemos que romper alguna de esas normas, y tras hacerlo
nos invade la vergüenza, es que algo está yendo realmente
mal. Cuando uno es fiel a su naturaleza, cuando hace lo que realmente
quiere/necesita hacer, no queda espacio para que surja el
arrepentimiento, o la necesidad de esconderse. No es una
cuestión de orgullo, sino de honestidad.
No es lo mismo que algo nos duela, a que algo nos dañe; no es lo
mismo desear que las cosas hubieran ido mejor, que arrepentirse de
algo; no es lo mismo ser discreto que andar escondiéndose...
Cuando somos fieles a nuestras reglas, no hay engaño.
En ocasiones nos encontramos en alguna situación en la que es
imposible evitar que alguien salga disgustado; en la que nuestro
comportamiento queda muy lejos de lo que se supone que se espera de
nosotros. Y, sin embargo, si se está en paz con las propias
reglas, no hay error.
Si alguien a nuestro alrededor queda sorprendido por nuestro proceder,
es porque no estaba viéndonos como lo que somos, sino como
quería (o temía) que fueramos. Pero nosotros nos
mostramos íntegros, sin importarnos que sea ésta
comprendida o no, respetada o no.
De este modo aunque nos rodeen las acusaciones, sabemos que el error
hubiera estado en actuar del modo contrario. Sabemos que
haríamos lo mismo de lo que nos acusan una y otra y otra vez.
Comprendemos que el ser honesto, (que no es lo mismo que ser cruel o
provocar daños innecesarios) también tiene un precio a
pagar, pero lo pagaremos gustosos. Y así andamos cómodos
en nuestra propia piel, completos, sin miedos, tranquilos y felices.
Ahora bien, ¿qué pasa cuando uno no conoce sus propios
límites? ¿Cuando uno no tiene esas reglas personales a
las que ceñirse ? Que puede pensar que no hay reglas, o que
cualquier cosa sirve para cualquier persona, y acabar metiendo la pata
hasta el fondo...
Y esto lo veo demasiado a menudo. Toda la sarta de memeces que se hacen
en nombre de una idea más bien absurda de libertad, una especie
de reacción infantil contra "lo impuesto", cuya relación
no cabria en un blog. Hay que conocerse bien y tener valor para ejercer
la libertad; saltar al vacío con la idea de volar puede ser una
idea atractiva, pero estamparse contra el suelo a medio camino no tiene
ninguna gracia.
Ante una acción que transgrede las normas estándar,
parece que sólo hay dos opciones; la censura, o el deseo de
imitación, ambas fruto de la incomprensión de lo que hay
detrás, y realmente importa.
Como brujos, muchos han invertido la mayor parte de sus esfuerzos en
defender las normas alternativas y combatir la censura, y está
bien. Pero se ha descuidado, tal vez, el advertir sobre lo absurdo de
la imitación sin comprensión previa de la razón de
la existencia de estas normas alternativas.
Si algo nos va a hacer sentir mal, simplemente no lo hacemos, porque
nos vamos a sentir mal aunque el mundo entero nos esté
aplaudiendo. No sirve de nada proclamar que algo "no es incorrecto" si
al hacerlo nos morimos de la vergüenza y corremos a
autoflagelarnos por el arrepentimiento, o a escondernos como cobardes.
La creencia de que algo "es incorrecto" puede ser una carga, pero no
nos vamos a liberar de ella por la fuerza o por la
autoimposición, dado que con ese proceder sólo estaremos
añadiéndole más peso.
No basta con la intelectualización, hay que comprender, y
sentir; cuando llegue el momento, simplemente dejaremos ir esta carga,
con suavidad y seguiremos en nuestro camino, andando cómodos en
nuestra propia piel, íntegros, sin miedos, tranquilos y felices.
Vaelia Bjalfi, Marzo de 2008
